PERIODISMO Y REDES.
El papel del periodismo en una democracia siempre ha sido fundamental: investigar, contrastar información y rendir cuentas al poder. Sin embargo, en los últimos años se percibe una tendencia preocupante en la que algunos gobiernos parecen relegar a los periodistas profesionales, mientras otorgan mayor protagonismo a las redes sociales como canal principal de comunicación.
Esta dinámica tiene varias implicaciones. Por un lado, las conferencias, entrevistas y espacios de cuestionamiento crítico —tradicionalmente ocupados por periodistas— pierden relevancia frente a mensajes directos, breves y muchas veces unilaterales difundidos en plataformas digitales. En estos espacios, la información no siempre pasa por procesos de verificación, lo que facilita la propagación de datos incompletos o sesgados.
Por otro lado, el ecosistema digital permite la participación de cuentas anónimas que, sin responsabilidad editorial ni transparencia, influyen en la conversación pública. En muchos casos, estas cuentas pueden amplificar narrativas favorables al gobierno o atacar voces críticas sin consecuencias claras. A esto se suma el uso de “bots”, programas automatizados diseñados para replicar mensajes, posicionar tendencias y generar una percepción artificial de apoyo o aceptación social.
El problema no radica en el uso de redes sociales en sí, sino en el desequilibrio que se genera cuando estas sustituyen al periodismo en lugar de complementarlo. Mientras que un periodista está sujeto a códigos éticos y a la verificación de fuentes, una cuenta anónima puede difundir información sin sustento y aun así alcanzar gran visibilidad.
En este contexto, la sociedad enfrenta el reto de distinguir entre información confiable y manipulación digital. Reforzar el valor del periodismo profesional, exigir transparencia en la comunicación gubernamental y promover el pensamiento crítico se vuelven tareas esenciales para evitar que la opinión pública sea moldeada por mecanismos artificiales en lugar de hechos verificables.
